CLÁSICAS BMW DE 2 VÁLVULAS

VIAJAR... día siete y último

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por Grunhon el Miér 16 Oct 2013, 22:16

Que buen relato. Tengo una r60/7 y la verdad que la disfruto.  El 13/10/2013, visité un lugar a 200 kms de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, hacia el sur, en la provincia de Buenos Aires - Argentina, llamado "Punta Indio", donde se junta el Río de la Plata y el Océano Atlántico (Bahia de Sanborombón).  Camino: Autopista - Ruta asfaltada y 10 kms interminables de arena con conchillas (muchísimo serrucho).  Viaje bárbaro, sólo que me quedé sin 3ra marcha, pero alcanzó, sin problemas los 120 kms/h.  Abrazo y Felicitaciones.
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por Dramor el Jue 17 Oct 2013, 06:07

Queremos más!!!!!!

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por eruzo el Jue 17 Oct 2013, 13:09

Sigue viajando que nosotros disfrutamos con tus viajes.Aplauso

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por Grunhon el Jue 17 Oct 2013, 14:39

Hola les dejo este Link : [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por javit0 el Mar 22 Oct 2013, 19:24

DÍA DOS

Ha amanecido un día radiante, con el sol arañando las cimas rocosas de las paredes verticales que flanquean Etxauri y que son un parque de atracciones para escaladores de toda Europa. Pero ya en el desayuno, mientras repaso la ruta del día, el camarero me ha traído junto con el café unos nubarrones que no había pedido.
-Pues han dado lluvias por Huesca. Me dice con un tono que suena a “chincha” infantil, pero que en su cara picada y amarga parece más un “te jodes”.
La educación muchas veces es un corsé apretado que nos hace decir “gracias” cuando en realidad nos gustaría decir “jódete tú, que yo tengo una moto”.
El plan del día es salir hacia Donosti, dar una vuelta rápida por la ciudad, parar en la Concha, mojarme los pies en el Cantábrico y salir hacia Astigarraga, donde quiero pasar a saludar al que seguramente será el mejor restaurador de motos BMW del país, Natxo Barral. Después de comer quiero quedar con un compañero del foro, Víctor, para saludarle y dejarle la botella de Verdejo que le prometí hace tiempo. Calculo que sobre las cinco cruzaré por Hendaya hacia St. Jean de Luz y después hacia Biarritz. Desde ahí bajaré hacia St. Jean Pied de Port, por donde buscaré camping para pasar la noche. Un buen plan.
A los diez minutos de salir de Etxauri mi moto y yo, hemos pasado de repente de rodar a bucear. No puedo decir que ha empezado a llover, porque no ha habido un inicio. Un segundo antes estaba seco y ahora estoy empapado. Mi camarero matinal se rompería el pecho a reír si pudiera verme en estos momentos. En otros diez minutos el agua empieza a traspasar la cordura del traje, llegando a la piel. Nunca antes había tardado tan poco en empaparse, pero tampoco antes había estado bajo un diluvio como este. Paro bajo el voladizo de una gasolinera para colocar los forros interiores al traje. El agua está helada y la sensación es muy desagradable. Se que no tardarán en empaparse y volveré a estar igual, pero no puedo hacer otra cosa. Los guantes de piel no pueden absorber más agua y adquieren un tacto gelatinoso de hojas en putrefacción. No me gusta conducir en estas condiciones, los frenos no frenan, las gomas no tienen el agarre suficiente para que me sienta cómodo, y me veo arrastrando por el suelo a la primera de cambio. Lo sensato sería permanecer bajo la marquesina, pero no puedo quedarme quieto. Odio llevar la contraria a mi sentido común, pero tengo que salir de nuevo a la carretera.


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Cambio de planes, me voy directamente a ver a Natxo y así al menos estaré a cubierto. Aunque según mi mapa, prácticamente debería pasar por Astigarraga, que está al sur de Donosti, no se como lo hago pero me veo circunvalando la ciudad por una vía de doble carril que me lleva, después de infinidad de vueltas, hasta el peaje que precede la entrada a Irún. Pago, lo cruzo y me desvío por una carretera secundaria que vuelve hacia atrás subiendo por el monte; Elizalde, Ugaldetxo y Astigarraga, por fin. Sigue lloviendo a mares y yo ya hace mucho que no me puedo mojar más. El agua atraviesa el traje, toca mi cuerpo y continúa su camino. ¡Soy impermeable! Son increíbles las tonterías fugaces que constantemente cruzan por nuestra cabeza. Por suerte no todas las hacemos público. Pregunto a un transeúnte apurado por el polígono en el que se encuentra el taller de Natxo. Me indica que hay que cruzar otra especie de autovía para llegar hasta él. Resoplo, porque me veo de nuevo arrastrado por la corriente hasta la cabina de la operadora del peaje que me atendió hacía solo un momento, como una sirena que me atrae indefectiblemente hasta ella en este caudal de agua y vehículos. Al final no es para tanto, cambio de sentido, rotondas varias y estoy entre naves miméticas con traseras de colores. Pregunto de nuevo. Sigo las instrucciones y nada. Vuelvo a preguntar. Me mandan en dirección contraria. Nada. Empiezo a pensar en desistir y salir de allí en cualquier dirección pero en vez de eso paro la moto, me bajo y limpio la visera del casco pues no soy capaz de ver a dos metros de distancia. Vale, lo he encontrado. Distingo al fondo el logotipo monocromo de un piloto de época junto a su R47. Por fin. Subo a la moto y voy hasta la puerta, donde hay aparcadas bajo el agua dos R90S Daytona impolutas. No me lo puedo creer, con la que está cayendo y estas dos joyas de museo en la calle, como si fueran unos simples scooters tailandeses.
Cuando entro en el taller de Natxo entiendo porqué esas dos motos están fuera; todas las que están dentro son igual de fabulosas. Me dicen que Natxo ha salido así que le espero curioseando por el taller. No se ni donde mirar. A ambos lados del pasillo central descansan sobre elevadores barras 6, barras 5, GS de distintas cilindradas, un chasis de R50 recién pintado, dos K1, una R65, una R100R, una moderna 1200 de 4 válvulas y muchas más. El espectáculo es precioso, porque además de la belleza propia de estas motos de época, te encuentras con distintos procesos de restauración por los que uno reconoce haber pasado, aunque con un resultado más modesto, por supuesto. Por todas partes me encuentro piezas que he tenido en mis manos y busco en las motos los detalles del trabajo de un maestro, comparándolos con los de un aprendiz como yo. Veo herramientas que ya me hubiera gustado tener en su momento y que me hubieran ahorrado más de un disgusto.

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Por todas partes se respira aceite y gasolina. En un almacén, repleto de estanterías metálicas, encuentro hileras interminables de piezas, depósitos de todos los modelos, unos oxidados, otros impecables, cajas de cambios, piñas, relojes, asientos. El paraíso de las BMW clásicas.
Entre unas cosas y otras, cuando llega Natxo son las dos de la tarde, así que nos vamos a comer. Sigue lloviendo. Miro al cielo y le pregunto como lo ve, si cree que dejará de llover en algún momento. La respuesta no puede ser más concisa, -Hoy no. A la vuelta, metemos mi R75 en el taller solo para que la escuche y que me de su opinión. Me hubiera gustado que se diera un vuelta en ella pero tal y como está el día, no va a poder ser. Me dice que suena bien, coge un destornillador y toca ligeramente los tornillos del ralentí, dejándolo a 800 rpm. Vaya, -me río-, al menos podré decir que Natxo Barral me ha carburado la moto.
Subimos a un altillo del taller donde se amontonan más motos, pero llaman la atención una R68 en estado de origen, sin restaurar y una R51SS de carreras plateada. Natxo me comenta que la R51SS  es una serie limitada fabricada en 1938 y que con ella, el piloto Juan Kutz, gano en el año 1949 el campeonato de España en la categoría de sidecars, celebrado en Salamanca.
-¿Con una 51 como esta? Le pregunto.
-No, con esta 51. Me responde.

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¡Buf! Definitivamente esto es mejor que cualquier museo. Ha sido un placer charlar con Natxo, y sobre todo, comprobar como las grandes personas hacen su trabajo con pasión y con mucha humildad.
Salgo del taller, ya son las cinco de la tarde, vuelvo a estar empapado y mi planning se ha ido al carajo. Todavía en Astigarraga llamo por teléfono a Víctor. Me contesta y me dice que está trabajando y que hasta mañana no nos podríamos ver. La opción ahora es ir al camping Igueldo en San Sebastián y esperar a mañana, pero llevo todo el día parado, mojado y parado, y necesito moverme. La botella de Verdejo va a continuar viaje conmigo. Otra vez será compañero.
Subir hasta Biarritz ahora me parece una locura, así que reviso el mapa y opto por ir hasta Erratzu, donde me han dicho que hay un camping. Erratzu está junto a la frontera con Francia, separado de St. Jean Pied de Port por el puerto de Izpegi, con lo cual es una buena opción para reanudar el viaje en esa dirección por la mañana.
Cuando llego al camping la lluvia incesante se ha convertido en un ligero tintineo. Aprovecho para montar la tienda lo más rápido que puedo, me quito el traje de cordura, me doy una ducha y me pongo un vaquero y una sudadera, que si bien no están secos del todo, me aportan una sensación cálida que no había tenido en todo el día. No se donde dejar las cosas, fuera todo está empapado, dentro de la tienda empieza a estarlo también con todo el utillaje repartido por el suelo. Me da igual, todo lo que necesito ahora es una cerveza helada. Cojo la mochila y me voy andando hasta una tabernilla en el pueblo, que vi al pasar.
Las calles están vacías, pero todo el que tiene ganas de beber o cantar parece que está en esta taberna. Al fondo, mesa con mesa, han juntado una hilera en la que se sientan más de 20 comensales mediando la cincuentena. La chica del bar me cuenta que son amigos, unos del pueblo, otros del lado francés y otros incluso que emigraron a sudamérica y que se juntan una vez al año para recordar y festejar. En un extremo se sientan un grupo de hombres entorno a otro que sostiene una guitarra. Viéndoles pienso que las canciones son una radiografía del carácter. Con una sobriedad terrible, estos navarros cantan en euskera canciones dramáticas de pasados sombríos. Le pido a la camarera que me lo traduzca o que me cuente al menos de que trata la canción. Me dice que habla de una mujer que tenía dos hijos y para evitar que los alistasen y los llevasen a la guerra (Carlista supongo) los escondió, a uno en un pozo y al otro en una cueva. El primero se ahogó y al segundo lo devoró un oso. La alegría de la huerta, vamos, menudo fiestón. Es gracioso ver el contraste entre la seriedad de estos hombres, que exhalan una dignidad antigua en cada gesto, con la mirada frívola de las mujeres sudamericanas, que supongo que serán las esposas de los emigrantes, y que encajan en esta fiesta como un payaso en un velatorio.


Continuará...


Última edición por javit0 el Miér 23 Oct 2013, 18:29, editado 6 veces
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por esl el Miér 23 Oct 2013, 09:48

Que grande Javito! Me están entrando unas ganas locas de coger ahora mismo la moto e irme de viaje... pero ya mismo... sin equipaje ni nada.

Gracias por compartir esto.
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por ferranroig el Miér 23 Oct 2013, 16:16

Muy buen relato, si señor! AplausoAplauso sana envidia
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por Mc-Gyver el Miér 23 Oct 2013, 17:01

Que bien escrito e ilustrado Cerveceros
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por javit0 el Miér 23 Oct 2013, 17:38

Acabo de editar el "día 2", ya que no habían salido las fotos.
Ya sabéis que si pincháis en ellas salen más grandes.
Gracias por seguir ahí Wink
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por jorgenm el Miér 23 Oct 2013, 19:44

Hola,
no le habia prestado atencion hasta ahora,mis mas sinceras felicitaciones esta noche dormire pensando en esa ruta Cerveceros Cerveceros Cerveceros Cerveceros 
saludos GS100

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por javit0 el Vie 25 Oct 2013, 20:19


DÍA 3


Me despierta el sonido de la lluvia sobre la tela de la tienda de campaña. Joder, joder, joder. Otro día a remojo. Me levanto y me voy corriendo hasta la cafetería a tomar un café lo más cargado posible, lo voy a necesitar. No hay opciones, recoger todo y salir pitando.


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El orden cuando se viaja en moto es algo vital. Los objetos tienen su posición y por tanto un orden para llegar a ella. Y tú, que formas parte de ese microcosmos que es tu moto, también debes ordenar tus movimientos y tus rutinas para que todo encaje. Te despiertas, te vistes con ropa de calle s, desayunas, vas al baño, te pones el traje de cordura dentro de la tienda, sales, recoges la tienda, lo guardas todo en las maletas de la única forma que encaja y a rodar. Pero cuando llueve ya no sabes que hacer. Todo a tu alrededor está mojado, embarrado, todo se ensucia, no sabes donde apoyar las cosas y al final nada cabe en su sitio y tu acabas chorreando y de muy mala leche.
Meto de cualquier manera en las maletas todo lo que puedo y acerco la moto a la entrada, donde hay un voladizo que al menos me permitirá colocar las cosas a cubierto. Vuelvo andando a por la tienda de campaña y a por todo lo que no me cupo en las maletas. En este ir y venir ya estoy empapado. Pienso en las grandes empresas que hombres como Scott o Amundsen han acometido, en sus sacrificios y en que yo no duraría un suspiro en esos parajes indómitos. Extiendo la tienda de campaña para intentar doblarla y como no podía ser de otra manera, ocupa tres veces más que antes. Después de vueltas y más vueltas guardo todo, me cambio allí mismo y coloco las maletas en la moto.
Un hombre pasa a mi lado cobijado y seco bajo un paraguas y me dice sonriendo –Yo tuve una siete y medio pero mi mujer me obligó a venderla.
El agua me cae por la cara como si estuviera bajo una ducha. Le sonrío acompañando el estúpido gesto con un movimiento de cabeza. ¡Joder, que foto!
Subo a la moto y salgo del camping hacia el puerto de Izpegi. La carretera es estrecha, con cunetas profundas y a pesar del mal tiempo son muchos los ciclistas que suben y bajan. Si tienes que mojarte lo mejor son unos pantalones cortos y no toda esta parafernalia que los moteros debemos llevar por seguridad. Subo refunfuñando y feliz. Refunfuñando por el agua y feliz por un paisaje que está hecho de agua.


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Desde lo alto, el horizonte pierde su significado y se convierte en un ramillete de cumbres que se abren capa tras capa, enlazándose como las hojas de una alcachofa verde y madura.


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En medio de ese verdor veo, como una salpicadura insólita e insignificante, una casita blanca, diminuta, pero dueña del mote que la rodea y del cielo que la cubre. Mi primer impulso es buscarla, llegar hasta allí, comprobar sin es real, si en ella vive un ogro, una bruja, o está hecha de chocolate y caramelo. No lo hago. Nos pasamos media vida intentando no salirnos del camino y la otra media reprochándonos el no haberlo hecho.
Bajo el puerto entrando en Francia y llego a St. Jean Pied de Port, un pueblito pequeño y bonito invadido por los turistas que lo han convertido en un parque temático. Esta sensación de escaparate continuo, de artificiosidad, de falta de vida, no me gusta. Bajo por una de sus calles empedradas, llego a un puente, me mezclo entre la gente, saco unas fotos y regreso rápidamente a por mi moto para salir de vuelta hacia España, ahora por Roncesvalles.


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Vuelve a llover con fuerza mientras enlazo las curvas del puerto de Ibañeta. De repente me doy cuenta de que mi bolsa sobre-depósito tiene una funda impermeable escondida en algún sitio. Paro en la cuneta y la coloco. La cara de tonto que se me queda no me cabe dentro del casco. Llevo día y medio bajo el agua; todo lo que llevaba dentro de la bolsa se me ha empapado, los cuadernos, la ropa, la cámara de fotos, todo, y ahora me acuerdo de que la bolsa tiene chubasquero.


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Coronando el puerto hay una ermita de tejado afilado y vértice exquisito, y enseguida, siguiendo una senda empinada se llega a un curioso monumento, un dolmen colocado sobre otras dos losas de granito a modo de basa y en el que se lee la inscripción “Roldan 778-1967”.


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En la primavera del 778 Carlomagno, rey de los francos, se adentraba en Hispania para apoyar a Sulayman que se había rebelado contra Abderramán I, con la promesa de entregarle Zaragoza. A su llegada le niega el premio, por lo que sitia la ciudad y regresa hacia Pirineos arrasando Pamplona a su paso y llevándose a Sulayman como prisionero. El 15 de agosto de 778, atravesando el desfiladero de Valcarlos, al norte de Ibañeta, 20.000 soldados al mando de Roldán, sobrino de Carlomagno, que formaban la retaguardia del ejército franco, fueron vencidos por una coalición de tribus vasconas. Posteriormente en “La Chanson de Roland” se habla de sarracenos en lugar de vascones, y de 400.000 soldados en lugar de unos pocos guerreros mal pertrechados, pero claro, si te parten la cara siempre es mejor decir que te la ha roto Mike Tyson que no El Fari. En cualquier caso Roldán palmó, y lo debió de hacer muy bien por que consiguió este bonito monumento como premio de consolación. En el centro de la roca quedan los insertos de metal que sujetaban una espada y un par de mazas que algún listo se llevó de recuerdo al salón de su casa.
Desde un todoterreno de la guardia civil me hacen un gesto indicándome que he dejado la moto mal aparcada delante de la ermita, como si toda la comarca fuera a entrar a misa de 12.
–Voy, voy. Sonrisa hipócrita, saludito con la mano y bajando hacia Roncesvalles.


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En Roncesvalles te envuelve un espíritu peregrino poco espiritual, al menos para mí. Desde aquí se inicia el “Camino Jacobeo”, con lo que el trasiego de caminantes es continuo, aunque a veces resulta difícil distinguir a los sufridos peregrinos de los relajados turistas, pues hay peregrinos de centollo y albariño, y turistas de mochila y bocadillo de salami.


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Continúo por Ézcaroz y llego al Valle de Roncal, cruzado de norte a sur por el río Esca, que deja en sus veredas hermosos pueblos de montaña, de musgo y roca, con desfiladeros frente a sus ventanas que me imagino deberán crear un fondo de intemporalidad para las personas que los habitan; aunque la dureza del clima y las condiciones de vida a veces no dejen ver la belleza objetiva de la naturaleza.


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Uno de esos pueblos es Burgui, vigilando la frontera con Aragón, con un puente romano de cuatro arcos, con tajamares que ahora solo rompen un hilillo inofensivo del río Esca.


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La carretera discurre zigzagueante entre montañas, como si mi destino fuera llegar al corazón de esa alcachofa imaginaria que ronda por mi cabeza junto a otras tonterías. Al cruzar entre dos de sus hojas el cielo se abre como en una película de Cecil B. DeMille, iluminando como en una revelación divina la tierra prometida, una tierra cálida y seca donde los hombres de bien podrán tender su colada al sol. No me lo puedo creer, por fin. Freno bruscamente manteniendo el equilibrio sobre la gravilla suelta de la cuneta y bajo de la moto a toda prisa para extender en ese escueto pedazo de paraíso todas mis pertenencias que siguen empapadas. Cuelgo la tienda de campaña de los pilares metálicos de una estructura agrícola, extiendo por el suelo la ropa, la colchoneta, los guantes, todo, y respiro tranquilo porque ahora se que podré dormir seco.


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Con todo en su sitio, organizado y seco, continúo camino hasta llegar a Jaca, capital del antiguo reino de Aragón. Es una ciudad pequeña, bonita y bulliciosa, con un importante casco monumental. La catedral del siglo XI, de dimensiones contenidas, es una de las primeras muestras del románico de nuestro país.


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Los capiteles son preciosos. Siguen el modelo Corintio, con sus geometrías de acanto y sus escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que servían para adoctrinar al pueblo. Vamos, para meter el miedo en el cuerpo a todo el que no siguiera la doctrina de la iglesia, que antes como ahora, se ha creído con el derecho de marcar con trazo fino los caminos de la gente.


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Fuera de la ciudad está la Ciudadela, una fortaleza de planta pentagonal estrellada, del siglo XVI. Llama la atención su foso perimetral, en el que moran un buen grupo de ciervos, ajenos a esa molesta especie que se pasa el día sacándoles fotos.


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Son en torno a las 8 de la tarde y salgo apresurado en dirección a Broto, entre los Valles de Ordesa y Bujaruelo, en busca de un camping que unos paisanos me han recomendado.  No hace falta una brújula para saber que voy por buen camino. El sol bajo, a la espalda, lanza mi sombra en busca del este y yo la sigo obediente y disciplinado.
Finalmente el camping no está en Broto, sino en Oto, en pleno Parque Nacional de Ordesa. Está anocheciendo y en la recepción me dicen que están llenos. Antes de que me de tiempo a reaccionar, un hombre que estaba colocando folletos en una estantería, se vuelve y me dice – ¡Vienes en moto! Ven que te enseño un hueco a ver si te vale.
-Por supuesto que me vale- pienso. Llevo todo el día sobre la moto, me duelen las muñecas, la espalda, el cuello, me tumbaría en la alfombra de la entrada y me quedaría dormido. -Cualquier hueco me vale, le digo.
Le acompaño y me señala una parcela enorme, tupida de un césped tierno.
-¿Este es el hueco?, le pregunto.
–Sí, es que esta autocaravana se mete un poco en la parcela y por eso no la habíamos alquilado. Me responde.
-Estupendo. Es el mejor camping en el que he estado. Y no le mentía. Es más, en unos días descubriré que con mucho, es el mejor camping en el que estaré.
A un lado la autocaravana que mencionaba, al otro una grandísima y moderna tienda de campaña de esas que parecen diseñadas para descubrir un nuevo continente, y frente a mí otra considerable tienda con porche, mesa, sillas y más complementos de los que normalmente tienes en tu propia casa.
Entre unas cosas y otras, la noche ha caído y las pocas farolas que hay esconden sus cabezas entre la frondosidad de las ramas de los árboles, con lo que apenas veo para montar la tienda. Al momento, una pareja joven sale de la tienda de al lado y me acerca una alargadera con una bombilla.
–Genial, muchas gracias.
Solo con un gesto soy capaz de leer el alma de las personas; al menos la primera página. Se que puede resultar pretencioso por mi parte, pero es cierto. Ese es posiblemente mi único talento.
-¿Tenéis nevera? -Les pregunto. Me contestan que sí.
–Pues poner a enfriar esta botella de verdejo y luego nos la bebemos, que se me está empezando a marear en la moto.
Me gusta el vino, pero beber solo me deprime. Las cosas buenas son para compartirlas y no se me habría ocurrido mejor ocasión para descorchar esta botella. Empiezo a montar la tienda mientras llegan mis vecinos de enfrente, otra pareja de jóvenes, amigos de los anteriores que me ofrecen ayuda.
–No, no hace falta, gracias. -Contesto. Buena gente, no hay duda.
Después de una ducha que me deja como nuevo, compartimos mesa, cena, vino, y al final de la noche un catálogo de cannabinoides variados, cortesía de mis vecinos, que en una cata degustamos y puntuamos de cero a diez, como un jurado de gimnasia rítmica. El humo flota sobre nuestras cabezas como un mar en calma, reflejando la luz y contrastando con la oscuridad estrellada de un cielo infinito.
Voy a dormir como un niño. Seguro.


Continuará…
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por daxangelo el Sáb 26 Oct 2013, 14:35

Muy buen relato,engancha.....estoy esperando impaciente la próxima entrega.
Gracias javito por hacernos soñar Very Happy
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Día cuatro

Mensaje por javit0 el Vie 08 Nov 2013, 19:19

Ahora si. Antes incluso de abrir los ojos siento el calor del sol que atraviesa la tela de la tienda de campaña. Esta es una de esas sensaciones precisas y concretas que uno tiene grabada en alguna parte de la memoria. Independientemente del lugar o el momento, estos despertares son uno solo que se repite con todos sus matices, desde el dolor de espalda a la calidez de las mejillas que irradian su calor hasta las sienes.

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Salgo del camping y frente a mí encuentro un mundo irreal en el que me siento como un anacronismo. Cuando llegué, la noche anterior, no vi el pueblo de Oto, escondido entre la negritud de una noche de verdad, oscura y limpia, sin la irrupción presuntuosa de las farolas y luminarias que acotan la propiedad del hombre. Aquí todo es naturaleza y el hombre es solo un huésped humilde.
El pueblo se alza sobre un promontorio, donde se apiñan las casas macizas de piedra, destacando sobre todas la Casa de Don Jorge, con una impresionante torre cuadrangular del siglo XVI. Al fondo, sitúo sin demasiada certeza y después de un torpe análisis topográfico basado únicamente en la posición Este que marca el sol, Monteperdido y el Pico de las Olas. Preciosos nombres.
Cuando eres pequeño te preguntan con demasiada frecuencia ¿qué quieres ser de mayor? Yo no recuerdo que contestaba, supongo que diría que médico por dar gusto a mis padres, o astronauta, por dar gusto a mi imaginación. Si me lo preguntasen ahora diría, de mayor quiero poner nombre a las cosas.


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Broto, Fiscal, Boltaña. Discurro por el valle del Ara hasta llegar a Aínsa donde confluyen el río Ara, el Aso y el Cinca, y continúo sorteando un paisaje roto por cañones y flanqueado por paredes de roca, hasta llegar a La Pobla de Segur, donde puedo poner por fin mis cansados pies a remojo. Los pequeños dolores son el compañero de viaje de cualquier piloto. Yo empecé con los tendones extensores del pulgar de la mano izquierda, por culpa de un embrague muy duro, típico de estas motos. Luego los codos, el epicóndilo y la epitróclea, dos viejos conocidos míos; trapecio, deltoides y así hasta que todos esos pequeños dolores se convierten en uno solo, que te envuelve como un traje a medida. Pero lo peor, con diferencia son los pies. Por un lado el calor y el sudor reblandece la piel, por otro los roces contra el interior de la bota, en las falanges, crean desollones y heridas que llegan a infectarse; sobre todo en el pié izquierdo, por el pedal del cambio de marchas. Sumerjo mis pies doloridos en el agua helada, los miro y pienso en la tremenda ingratitud sufrida por los dedos de los pies. ¿Quién podría nombrar los dedos de los pies? Pulgar, índice, medio, anular, pues no. Los dedos de los pies no están a la altura de los de las manos, en ninguno de los sentidos, y por eso la nomenclatura pasó por ellos sin detenerse, dejando con un gesto de desprecio un ofensivo “dedo gordo” y un compasivo “meñique del pie”, los demás son solo un número ordinal, segundo, tercero, cuarto. Cuando sea mayor lo primero que haré en mi soñado oficio de dador de nombres será ocuparme de los dedos de los pies.

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Avanzando hacia el este llego a la Seu d’Urgell, capital de la comarca del alto Urgell, en Lérida y puerta de entrada a Andorra. Aparco frente a la fachada principal de Sta. María d’Urgell, catedral románica del siglo XII que tiene como particularidad el ser la única catedral íntegramente románica de Cataluña. Frente a la puerta, los sillares de granito se elevan hasta culminar en un campanario coronado con almenas en el que se abren finos arcos de medio punto.

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Sin mucho interés salgo en dirección a Andorra. A veces todo se reduce a un hecho: “ya que estoy aquí”. Hay muchísimos coches en ambas direcciones, entrando y saliendo. Llego a la ciudad y es justo lo que me esperaba, un lugar insulso y gris iluminado por neones de colores. Seguro que estoy siendo injusto, ya que en cualquier lugar se puede encontrar algo bueno, solo hay que tener tiempo y ganas de buscarlo. Sin bajarme de la moto doy la vuelta hacia España, llenando antes el depósito de gasolina; el precio del combustible en comparación es irresistible. Salgo de la gasolinera y me sumerjo de nuevo en las colas interminables de coches que voy sorteando como puedo hasta llegar de nuevo a La Seu, con la sensación de haber perdido el tiempo.

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Busco un camping por la zona y encuentro uno en Queixans, a unos 50 kilómetros, muy cerca de Puigcerdà. Es un camping de primera categoría, con aspecto de fino club de golf, lo que se refleja en su precio. Hasta el recepcionista parece un remilgado y atractivo actor de serie televisiva americana, con sonrisa de anuncio de dentífrico. Las parcelas están diseñadas para que nadie mire a nadie y lo curioso es que tampoco oyes a nadie. Echo de menos mi bullicioso y desordenado camping de Oto. Monto la tienda y me voy a las duchas, donde solo falta un mayordomo que te entregue al entrar un albornoz con el logotipo del camping bordado.
Cuando viajas en moto asumes que debes prescindir de ciertas comodidades, aunque viendo algunas motos modernas que parecen más una autocaravana, tal vez se pueda viajar sin prescindir de ninguna; pero no es mi caso. También se podría decir más justamente que se cambian determinadas comodidades por otro tipo de satisfacciones. Una de esas comodidades perdidas tiene que ver con la ducha.
Día a día he ido depurando mi estilo para conseguir secarme todo el cuerpo con una toalla del tamaño de un babero. Los primeros días debía decidir que partes secar y que partes dejar mojadas, pues no había para todo, pero ahora no. Mi fantástica técnica consiste en arrastrar con las manos todas las gotas que se han quedado adheridas al cuerpo, sacudiéndomelas de encima como si estuviera mudando de piel. Parece una tontería y seguramente lo sea, pero ahora consigo salir seco de la ducha. Esto, seguido de un par de tercios de cerveza helada, hacen que en mi cerebro la serotonina, dopamina y melatonina se pongan a bailar una conga mientras yo pienso en que podría pasarme la vida así.
 
Continuará...
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por Mc-Gyver el Vie 08 Nov 2013, 20:07

Eso, eso, que continúe, que nos tienes enganchadísimos.

Al leerlo me van viniendo a la cabeza recuerdos casi olvidados, pero sobre todo sensaciones como la descrita al amanecer en la tienda de campaña.
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por FORMARIZ el Vie 08 Nov 2013, 20:25

Esto no es el relato de un viaje, esto es una AVENTURA, engancha como pocas novelas pueden presumir.

No se como puede la moto con tanta gente como vamos montados en ella,sin duda es una gran moto y mejor compañera.

Un fuerte abrazo y que continúes deleitándonos.

Salud

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DÍA CINCO

Mensaje por javit0 el Sáb 16 Nov 2013, 19:56

Pino, vainilla, hierbabuena, tomillo, lavanda, romero. Los olores me acompañan a lo largo del viaje. No todos son tan sugerentes como los mencionados, pero incluso los peores son naturaleza en estado puro y por lo tanto disfrutables igualmente.
Los olores cambian con el paisaje, con la temperatura, con la altitud. Acompañan a los colores, cambiando con ellos en sintonía, mezclándose con los sonidos para hacer que nuestros sentidos se fundan en un estímulo único y pleno que solo se puede describir con un ¡Bufff… qué pasada!
Me levanto, salgo del camping, miro hacia las cumbres que me rodean, aspiro profundamente y pienso ¡Bufff… qué pasada!
Es sábado por la mañana, el sol brilla de una manera delicada y exquisita y delante, la N-152 que sube bordeando La Molina y continúa por Ribes de Freser hasta Ripoll, parece que me esté esperando solo a mí. No tengo ningún reproductor de música, ni siquiera en el móvil, así que intento rebuscar en mi cabeza los vibrantes violines del primer movimiento del concierto número 3 de Brandeburgo de Bach, para que me lleven en tempo “allegro” por una zigzagueante carretera de montaña que sube caprichosa siguiendo los destellos de sol que atraviesan entre las ramas y las agujas de los pinos, haciendo que el asfalto se convierta en un mar de atunes plateados que entrechocan unos con otros sus titilantes escamas aceradas, arrastrándome sobre sus lomos en un ascenso liviano y mágico.
En cada curva resoplo ¡Bufff… qué pasada!, ¡Bufff… qué pasada! Pero parece que el universo necesita mantener su universal equilibrio y tanta belleza está empezando a desequilibrarlo. O tal vez no me merezca todo esto y las leyes del Karma sopesen mis actos en vidas anteriores para arrebatármelo, o simplemente las casualidades vienen y van, unas buenas y otras malas, y cuando menos te lo esperas las malas te golpean para que seas consciente de que la realidad siempre está ahí y de que no debes flotar más alto que la caída que puedas soportar.

*Pincha sobre las fotos para ampliarlas.
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Ejercicio visual: ¿Cómo titularías esta fotografía?
a) Día soleado en la sierra.
b) ¡Mierda, porqué me tiene que pasar esto a mí!
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Eso es, el título correcto es ¡Mierda, porqué me tiene que pasar esto a mí!
Al tomar una curva a derechas noto que la rueda trasera patina y se desplaza lateralmente. -¡Qué raro! – me digo, ¿habré pisado unas hojas? Inmediatamente en la siguiente curva a izquierdas se me va todavía más y entonces lo veo claro. ¡Estoy tocando suelo con la llanta! ¿Qué probabilidad hay de que una superficie de 10 centímetros, -como es la rueda-, en continuo movimiento, entre en contacto con un clavo –por decir algo- que ocupa 3 centímetros, dentro de la relativa inmensidad kilométrica de una carretera? Pues no se cual será la probabilidad, pero aunque imagino que será muy pequeña yo la acabo de hacer realidad.
¡He pinchado! En un instante he pasado de la felicidad absoluta a la impotencia más desoladora. A la mierda toda la mañana; eso en el mejor de los casos.

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Saco los papeles, busco el teléfono de asistencia en carretera, llamo y a esperar. A los cinco minutos me devuelve la llamada una mujer que me informa de que la grúa está en camino y que en unos veinte minutos llegará para recogerme. La voz es impersonal, pero a la vez musical y suave, deslizándose por el auricular con un tono seductor que resta importancia al contenido del mensaje concentrando toda mi atención en su sonoridad, en su cadencia, en como las palabras fluctúan arriba y abajo como si bailasen para salirse de las rígidas líneas horizontales de los renglones de una libreta. Si estas mujeres son reales, no desearía conocerlas nunca, después de su voz solo cabría la decepción.
Mientras espero, paseando arriba y abajo entre los límites acotados entre dos curvas del trazado, pasan a mi lado varios caballos salvajes, rumiando libres las hiervas de los lados de la carretera, lentamente, ignorando a los ciclistas y otros vehículos que los esquivan como pueden. Uno de ellos, al llegar junto a mí, gira la cabeza para mirarme un instante, con tranquilidad, sin el menor síntoma de temor o cautela, como si únicamente se preguntase -¿No comes?... ¡está bueno!
Han pasado los veinte minutos y recibo otra llamada. Es el conductor de la grúa. Con acento del este de Europa, -rumano supongo-, me pregunta que en qué kilómetro estoy. Le contesto que no lo sé. Insiste. Le digo que no me voy a poner a andar arriba o abajo a buscar un poste de referencia, que estoy en la nacional 152 y acabo de dejar atrás el desvío hacia La Molina, como a dos minutos. Me responde que vale, que ahora llega, que él vine de Puigcerdá. Vuelvo a pasear, me siento en el guardarail, me levanto, pasan otros diez minutos y vuelve a llamar. ¿Qué dónde estoy?, qué ha pasado La Molina y no me encuentra. -¿Por la 152? Le pregunto. –Sí, he llegado a un hotel que hay después de La Molina, siguiendo la subida y no te veo. -Me responde.
No me lo puedo creer. A partir de aquí la conversación se convierte en un diálogo de besugos. No puedes haber pasado por aquí porque me habrías visto. Pues acabo de hacerlo. ¿Por la N-152? Si por la 152. ¿Entre La Molina y Ribes de Freser? Sí, entre La Molina y Ribes de Freser. ¿Y conduces una grúa o una bicicleta? porque por aquí solo han pasado bicicletas. Después de llegar a la exasperación mutua y viendo que es imposible entendernos cuelgo el teléfono y empiezo a pensar que tendré que salir de aquí por mis propios medios. A los pocos minutos una grúa roja aparece. Viene de la parte de arriba de la montaña, lo cuál es desconcertante porque Puigcerdá está abajo. ¿Realmente ha pasado por encima de mí sin que lo vea? Después de un sinfín de explicaciones inexplicables entiendo que hay una especie de atajo entre Puigcerdá y el hotel de más arriba del que me habló, y que él había ido por ese atajo. Menuda lógica que se gasta este tío. Pues no hubo manera de que entendiera que ¿cómo iba a estar yo en ese atajo, si le había dicho claramente que estaba en la nacional 152? –No pasa nada, -me contesta como si el que hubiera armado todo este lío hubiera sido yo. –La gente que no es de aquí se equivoca muy fácil.
He debido de ser muy malo en mis otras vidas para que el karma me envíe a este tío.

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Subimos la moto a la parte trasera de la grúa y bajamos hacia Puigcerdá, desandando el camino que yo ya había hecho. El paisaje ahora ya no me parece igual. Le pregunto por talleres de motos en la población y me dice que hay un par de ellos, pero que es sábado y que no sabe si estarán abiertos. Que no me preocupe, que me puede dejar la moto guardada junto con la grúa, que a mí me ponen un taxi y que ya el lunes me la envían a casa. En ese instante veo como toda mi aventura se esfuma delante de mis narices por un simple pinchazo. –Eso no puede ser- le digo. -Llévame a un taller.
Entramos en un polígono industrial y tras callejear un poco, diviso al fondo varias motos aparcadas frente a un taller. Ha habido suerte, parece que está abierto. Para delante y me dice que me espere que va a hablar con el del taller. Le digo que no, que ya hablo yo con él. Me imagino que lo que intenta es llegar a algún tipo de trato o comisión con el mecánico por dejarme en su taller. Me adelanto y le pregunto si tiene cámara para una rueda de 18 pulgadas. Las motos modernas ni siquiera llevan cámara, así que todavía me espero lo peor, tener que quedarme tirado todo el fin de semana en Puigcerdá. Me dice que sí, que no hay problema, que todas las motos de trial llevan ruedas de 18, pero que él no me la va a desmontar, que tengo que desarmarla yo. –Vale -le digo –Déjame un juego de llaves de vaso y unos topes.

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Mientras quito las maletas y desmonto en la calle el tubo de escape izquierdo, el conductor de la grúa que todavía no se ha marchado vuelve a entrar sospechosamente en el taller. Me conozco mi moto tuerca a tuerca y desmontar la rueda, sabiendo además que voy a poder continuar con el viaje, no me cuesta el menor esfuerzo. Saco el eje, separo la rueda del cardán y se la llevo a Miquel, el mecánico. Destalona la cubierta, saca la cámara y busca el pinchazo. En un lateral aparece un corte como de medio centímetro que no parece hecho por nada punzante. Me propone una cámara de campo, más cara pero con la goma mucho más gruesa que la Michelín que llevaba. Al tacto es como tres veces más gruesa. Le digo que adelante, que si de alguna forma puedo evitar volver a encontrarme en esta situación, o al menos minimizar la probabilidad de hacerlo, estará bien gastado. Termina el montaje de la rueda, me la entrega y la devuelvo a su sitio en la moto. Con 30 euros menos en la cartera, incluido en el precio la comisión que se habrá llevado el gruista, y después de una buena sudada, paro en un bar de Puigcerdá a tomar un poco de cafeína y ordenar el día, que se ha ido al traste. Como si no hubiese pasado nada, salvo cuatro horas, me preparo para repetir de nuevo la subida. No soy supersticioso, pero volver a pasar por el mismo lugar en que pinché no me hace ninguna gracia. Retomando el estudio de probabilidades, si pinchase dos veces en el mismo lugar y en el mismo día pondría, seguro, el universo patas arriba. Pero no estoy yo para razonamientos lógicos así que pregunto a unos lugareños por ese atajo que se supone tomó mi amigo el gruista. Sigo las indicaciones y llego hasta un punto en el que la carretera se convierte en una pista de tierra en muy malas condiciones. ¡La madre que parió al gruista de los cojones! Me la acaba de armar por tercera vez. Me doy la vuelta y regreso a la N-152, para repetir la misma subida que ya hice. A la vuelta de cada curva reconozco el terreno y me digo –ya falta poco… por aquí fue. Al pasar por el tramo en que estuve parado aminoro la velocidad como si al pasar pudiera verme a mi mismo junto al guardarail, esperando. A partir de aquí, la carretera es otra vez nueva y mi entusiasmo vuelve de nuevo a mí, dejando atrás todo lo pasado.


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Al pasar por Vallfogona de Ripollès paro a curiosear un poco por el pueblo y al salir, para retomar el camino hacia Fuigueras, veo por el rabillo del ojo cuatro motos clásicas aparcadas bajo un tejadillo de chapa, junto a un restaurante de carretera. Freno bruscamente y me doy la vuelta. Es una tontería pero si ya uno siente una especie de confraternidad infantil con otros moteros, esto se multiplica cuando se trata de motos clásicas como la tuya.

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Una BMW R100/7, una R65, una Montesa Impala y una Honda VFR 750. Aparco junto a la R100 y cuando me fijo más detenidamente no me lo puedo creer. Entre las dos matrículas, la suya y la de mi moto, solo hay unos números de diferencia. Sin ninguna duda, estas dos motos vinieron desde Munich hace 36 años en el mismo trasporte y después de 36 años se han vuelto a encontrar en un bar de carretera. No es más que una casualidad intrascendental, pero pienso que todo lo que me pase a partir de ahora será fruto de un simple hecho, el de haber pinchado. Si eso no hubiese sucedido yo habría pasado por este punto cuatro horas antes y no me hubiese encontrado con estas motos. Ya se que esto pasa continuamente en la vida, unos hechos desencadenan otros y así sucesivamente, pero este se me ha presentado de una forma más evidente.
Con una sonrisa de oreja a oreja por el fascinante encuentro bajo hacia un patio trasero del restaurante, donde se disponen varias mesas de piedra y cemento en las que hay dos grupos de persona comiendo. No hace falta ser Sherlock Holmes para deducir cuales de ellos son los “clásicos”. Me dirijo hacia la que tiene cuatro comensales. Bajo una gran higuera están a la sombra tres hombres y una mujer. Me presento y al momento me invitan a sentarme con ellos para comer. Compartimos anécdotas de motos, de carreteras, de lugares, en fin, esas pequeñas cosas que resultan muy agradables y más cuando te las has encontrado de esta manera. Siento la ingratitud de mi memoria que no ha sido capaz de retener sus nombres en el momento de la presentación. Dos de los hombres y la mujer pertenecen al Club Impala de Barcelona y lucen unas preciosas camisetas conmemorativas de distintos encuentros y el otro hombre, el dueño de la Honda, encandila por su carácter afable de curtido lobo de mar. Me cuenta que tuvo varias motos boxer pero que al final se hizo con esta Honda del 87, porque es la moto más moderna que aceptan en circuitos de carreras de clásicas y con ella podía dar más caña. Les cuento que voy hacia Figueras y que mañana quiero llegar al Cabo de Creus, que será la meta de mi viaje. El piloto de la Honda me dice que Figueras es feo, que me vaya directamente a Cadaqués y de allí al Cabo.  Le explico que quiero pasar a ver el Museo Dalí en Figueras, y él insiste en que no, que debo ir a Cadaqués; hasta tal punto que se empeña en acompañarme y servirme de guía. De nuevo pienso en el destino y sus caprichosos juegos de mano.
Debo hacer en este punto del relato un breve inciso comercial para introducir un spot publicitario. Al entrar en el restaurante para pagar la comida, la camarera, una chica simpatiquísima, me hizo una rebaja sobre el precio con la condición de que recomendara su restaurante a otros compañeros moteros. Para cumplir mi compromiso os informo a todos los que me estáis leyendo de este insospechado lugar que me recordó a Bagdag Café, con personajes únicos como los de la película, y que por el mero hecho de llegar hasta ellos en moto, te acogen con una familiaridad maravillosa. Si pasáis por Vallfogona de Ripollès tenéis una cita obligada en Mr. Bikers. No lo olvidéis.

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Después de comer salimos del aparcamiento en dirección a Olot. Iniciando la marcha va la mujer sobre la pequeña Impala, marcando un ritmo que me cuesta seguir, hasta el punto que me descuelgo del pelotón en las últimas curvas. A la entrada del pueblo nos separamos, continuando en solitario mi nuevo amigo de la Honda y yo. Pasamos por Besalú, circunvalamos Figueras y nos dirigimos hacia Cadaqués. La naturaleza se convierte sin previo aviso en hormigón, rotondas y caravanas de vehículos en todas direcciones. La Honda se cuela entre los coches con agilidad y yo intento seguirla, aunque más torpemente. Cuando el tráfico da un respiro y se crea un vacío en la carretera, acelera rápidamente frenando un instante antes de sobrepasar los radares, que se conoce a la perfección. Llegamos a Cadaqués y yo estoy exhausto y con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca había corrido tanto entre vehículos, aunque estoy seguro que si le preguntase a mi compañero me diría que él nunca había ido tan despacio. La seguridad y la experiencia de este hombre sobre la moto son increíbles y me hacen darme cuenta de lo poco que yo sé.
Nos adentramos en el parque natural de Cabo de Creus y parece que estamos en una romería. En la estrecha carretera no cabe un alma, coches, motos, bicis, peatones por todos lados; pero nada detiene a la Honda y yo me siento como si fuera persiguiendo a una ambulancia. El paisaje se convierte de repente en lunar, árido, con cráteres y rocas erosionadas por todas partes. En algunos momentos nos acercamos tanto al mar que el aire se impregna de sal y la humedad te moja la cara dejando un sabor a salitre y a libertad.
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Llegamos al fin del mundo. Si bien hay tantos mundos como días y tantos finales como comienzos, hoy mi final está frente a mis narices y es de un color azul intenso. Aquí estoy, con el mediterráneo en mi naríz, en mis manos, en mi pelo, y aunque no ha sido para tanto, las dudas de conseguirlo me han acompañado hasta hace solo un momento.
La gente, a nuestro alrededor, se mueve de un lugar a otro como hormigas nerviosas, se hacen fotos, se suben a las rocas, saltan, gritan. Pienso en lo que podría disfrutar de este lugar si no estuviese rodeado por todas partes de gente, y que un paisaje tan hermoso bien merecería una visita en noviembre, o en febrero, cuando las hordas de turistas estén al abrigo de la estufa. Como si yo fuera mejor que ellos, como si yo no fuera turista, como si yo no me refugiase en invierno al calor de la estufa.
Mi amigo me pide la cámara para hacerme la foto testimonial de llegada a meta, con el faro a mi espalda, pero yo prefiero hacerme una a su lado, pues es él quien me ha traído hasta aquí. Siempre está bien poder poner cara a quien te está hablando para que las palabras dejen de ser anónimas y se impregnen de lo que los rasgos físicos sugieren. No soy muy dado a las fotos personales pero aquí estoy, a la izquierda, y este mi amigo. ¡Gracias amigo!

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por El_Nen el Dom 17 Nov 2013, 00:21

Un 10, JAVIT0!!!!

Es absurdo decir algo...

Salut! Wink
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por robemumoto el Dom 17 Nov 2013, 00:47

Muy bueno, en tu linea, gracias
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por daxangelo el Dom 17 Nov 2013, 07:46

Un 10 y con matricula de honor,Javito.
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por esl el Dom 17 Nov 2013, 09:44

Que bonita lectura he tenido en esta mañana lluviosa de domingo.

Gracias
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por mog el Dom 17 Nov 2013, 09:57

Lo que comenta el compañero, después de leerte entra ganas de coger la moto y echarse a la carretera.
De tan bonita narración, echo de menos un poco más de calidad en las fotos aunque lo importante sea la composición y aquí cumples con creces.
Por cierto Javit0, en el retrato eres el de la izquierda según se ve la foto o el de la izquierda según se pone uno para ser fotografiado.

Gracias por ello...saludos.

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por javit0 el Dom 17 Nov 2013, 11:30

Gracias a todos por perder vuestro tiempo leyéndome Wink 
Mog, siento que no te gusten las fotos. En realidad me ha llevado mucho tiempo quitarlas calidad.... ah, y soy el de la izquierda izquierda Very Happy
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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por ASSI el Dom 17 Nov 2013, 13:45

¡Es que me gusta mucho como escribes, cogno!

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por JL-R65 el Dom 17 Nov 2013, 16:37

Acabo de leer tu relato de un tirón y he disfrutado mucho tanto por su calidad y tono épico como por la descripción de los lugares pirinaicos por conocerlos. Enhorabuena y espero que puedas repetir aventuras en otros lares.

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Re: VIAJAR... día siete y último

Mensaje por JL-R65 el Dom 17 Nov 2013, 16:38

Acabo de leer tu relato de un tirón y he disfrutado mucho tanto por su calidad y tono épico como por la descripción de los lugares pirinaicos por conocerlos. Enhorabuena y espero que puedas repetir aventuras en otros lares.

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Re: VIAJAR... día siete y último

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